NOVELA
LO QUE NO APRENDÍ
MARGARITA GARCÍA ROBAYO
(Planeta - Buenos Aires).
“La infancia es un país extranjero: allí se hacen las cosas de otra manera”, dice el escritor L.P. Hartley al inicio de su novela The Go-Between y así, en tan pocas palabras, es como echa por tierra el mito pastoril de las mejillas sonrosadas y las rodillas peladas. Sí señores: la infancia más que un paraíso perdido, es un lejano confín donde perduran con bastante dificultad la curiosidad, la impetuosidad y la irreflexibidad del niño, virtudes asombrosas que se van resquebrajando conforme suceden los hechos que nos arrojan a la edad adulta.
Para Margarita García Robayo (Cartagena de Indias, 1980), autora de Hay ciertas cosas que una no puede hacer descalza (editorial Planeta) y Hasta que pase un huracán (editorial Tamarisco), la infancia sucede a la intemperie y en soledad. Pero sobre todo sucede demasiado rápido. La infancia es un tránsito doloroso y acelerado a causa de la impaciencia de los adultos, dispuestos echar a rodar al niño en el campo de centeno que es el mundo sin protección y sin las respuestas adecuadas para construir su identidad.
Lo que no aprendí es una novela de iniciación narrada en la voz de una niña de 11 años dispuesta a desentrañar el misterio de la ocupación del padre, circunstancia que toda su familia, y en especial su madre, se empeñan en ocultar. La anécdota es simple. Todo cuanto se desprende del conflicto, pues no tanto.
Aristóteles decía que la memoria era la sensación y lo que queda de las sensaciones. La referencia erudita no está traída de los pelos. De la respuesta a la pregunta que se hace Catalina (¿de qué carajo trabaja mi papá?) depende el relato que ella construirá de sí misma; depende la adulta del futuro. Cada uno de nosotros es un bloque de memoria. Somos lo que decimos, lo que hablamos, lo que nos han contado sobre nosotros. La memoria siempre es sustitutiva de algo: de la carencia, de no saber de dónde venimos ni a dónde vamos. Quién sabe. Pero la memoria es vida. Es salvación.
En total coherencia con esto mismo, Lo que no aprendí es un artefacto totalmente autoconsciente de sí mismo. Porque si partimos del presupuesto que la memoria es construcción deliberada del pasado, hay que asumir que no existe un relato único sobre nada y que la confesión es un imposible. Las cosas fueron como decidimos contarlas. Hay un gusto amargo al final de la novela, como si la autora admitiera que vivir es como caminar sobre baldosas flojas. No hay asidero, nos dice. Pero por suerte está la escritura.
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Ariadna Castell Arnau